Blanqueando a Menen

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Carlos Menen murió sin responder por el aberrante crimen ocurrido en la Fábrica Militar de Río Tercero. Foto gentileza

Por Andrés Ávila- Politólogo

Quizás haya sido en la ciudad Río Tercero (Provincia de Córdoba) donde se diera, el 14 de febrero de 2021, la mayor muestra de consciencia cívica de toda la jornada.

Y no es para menos.

Porque a juzgar por el coro de voces de todo el espectro político que se manifestaron, pulcra y respetuosamente, para expresar sus respetos al difunto ex-presidente Carlos Menem, uno podría preguntarse dónde está la delgada línea que separa el razonable protocolo de una piadosa obsecuencia más o menos explícita.

Y es que los argentinos, a la hora de definir cuándo hay que «guardar las formas«, tenemos doble vara. O múltiples varas, la mayoría de las veces.

Con la muerte de Menem se termina de consolidar un gran fracaso argentino, que si de una «asignatura nacional» se tratara, quedará para el país como una materia pendiente: en la República Argentina, no importa cuál sea el grado de alevosía, una persona procesada y condenada con un tendal de muertes a sus espaldas y la máxima responsabilidad como dirigente nacional por crímenes e irregularidades cometidas con su propio consentimiento, puede morir de viejo y gozando de una total impunidad. Y no sólo eso: ocupando también una banca vitalicia (en la práctica) del «Honorable» Senado de la Nación, luego de haberse valido de mecanismos amañados en los 3 Poderes de la República, para no cumplir ningún tipo de condena (salvo 6 circunstanciales meses, allá lejos y hace tiempo, en 2001) por los crímenes en los que fuera declarado culpable.

Hagamos un breve repaso. Menem, al principio de su mandato, colocó en la aduana (¡vaya uno a saber porqué!) a un funcionario sirio (Ibrahim Al Ibrahim) que ni hablar español sabía. Facilitó la entrada y salida de traficantes internacionales de armas. Fue condenado, inclusive, por venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador. Durante su mandato, explotó (oportuna y convenientemente) la fábrica de armas de Río Tercero, cuyo faltante en el inventario podía complicar a Menem en la antedicha causa. Amén de la consolidación total del aparato del narcotráfico en la Provincia de Buenos Aires y el resto del país, asi como la truculenta lista de muertes y «accidentes» inexplicables de personas que hubiesen sido testigos o investigadores de los «desaguisados» del menemismo.

Nótese, para acentuar el absurdo del personaje y el contexto que estamos describiendo, que ni siquiera hemos aludido a las consecuencias de las políticas económicas de su mandato. Vamos a mencionarlas más adelante, cuando hablemos de la apreciación del menemismo que hacen desde ciertos sectores del autoproclamado «liberalismo» contemporáneo.

Tampoco habíamos repasado, aún, los hechos más escabrosos de su presidencia: el atentado a la embajada de Israel, en 1992, el atentado a la AMIA, en 1994 (cuyas esquirlas llegan hasta nuestro presente mismo, atravesando idas y vueltas de una causa donde todos los esfuerzos parecen dirigidos a no esclarecer el «misterio» jamás), y el supuesto «accidente» del hijo presidencial, Carlos Menem Junior. Otra tragedia con su respectivo tendal de testigos «accidentados» y notables poderosos del entorno presidencial encargándose de desmantelar cualquier cosa que pudiese arrojar luz sobre el «posible» atentado. ¡Vaya uno a saber porqué! Pero a Menem le tomó 5 años declarar, en 1999, que al helicóptero de «Carlitos» le habían disparado. Otra causa que quedó en la nada.
Con todos estos antecedentes, todo el despliegue de «marketing» político alrededor del difunto ex-presidente resulta, como mínimo, llamativo. Y no porque no merezca el respeto que se le debe a cualquier ser humano, pero sí quizás porque la sobre-impostación de los homenajes, puede resultar chocante para más de uno. Cobra especial relevancia, entonces, el acto de rebeldía del municipio de Río Tercero, ante el decreto de 3 días de duelo nacional emitido por el presidente Alberto Fernández. Si contextualizamos, el homenaje resulta dudoso.

Invito al lector a tratar de imaginar si será dispensado el mismo reconocimiento hacia María Estela MartínezIsabelita«) de Perón cuando ocurra su fallecimiento. O mejor aún: a intentar recordar si hubo el mismo nivel de despliegue u homenajes al morir el ex-presidente Fernando De la Rúa.

Algunos sectores del liberalismo (o del electorado nostálgico del «1 a 1») reivindican en Menem al único presidente que, según ellos, «se animó a hacer algo distinto«. Rescatan la intención de llevar a cabo una reforma estatal, con una plan macroeconómico y una política monetaria concreta, para garantizar casi 10 años de estabilidad cambiaria. «Sin inflación».

Para quien suscribe, esto es una verdad medias.

Y tratando de salir del microcosmos de los analistas estrictamente economicistas, llego a una conclusión diametralmente opuesta: Menem fue lo peor que le pudo pasar al liberalismo argentino.

La Argentina pagó un precio muy caro por las medidas económicas potencialmente bien encaminadas. Alli donde muchos confundieron correlación con causalidad, se hace muy difícil (hasta el día de hoy, más de 20 años después) desglosar lo poco que hubiera de rescatable, de la totalidad del contexto.

Es como si la Argentina enfrentara ahora una gran maldición cultural, difícil de deconstruir: Menem parece ser el único presidente en cuyo mandato se hizo hincapié en conceptos razonables que ya son parte de la cotidianeidad de la mayoría de los países normales del mundo. A nadie le molestaría hablar de una moneda fuerte, estabilidad cambiaria y una política monetaria acompañada de un proyecto de país donde la inflación esté controlada en un margen mínimo.

Son conceptos normales, razonables, lógicos, con evidencia empírica e histórica respaldando la efectividad de las medidas concretas para lograr dicho objetivo. Pero como en Argentina se aplicó de manera trunca, y corriendo en paralelo con un clientelismo populista «por derecha» con pretensión primermundista pero sin los cimientos para sostenerse en el tiempo, el perezoso imaginario colectivo de la Argentina se limita a analizar todos los elementos del programa económico confundiendo (como dijimos) correlación con causalidad. Contrario al sector del liberalismo economicista que (a partir del plano económico solamente) llega a ponderar a Menem como «el mejor presidente de la democracia», la amplia mayoría de la sociedad argentina (y el miope relato hegemónico del populismo y la izquierda) se limita a meter todo en la misma bolsa. La corrupción, los abusos y (más que nada) la debacle económica del post-menemismo se atribuyen, simplificando superficial y toscamente, «al menemismo» como concepto integral, pensando a veces en «menemismo» y «convertibilidad» como 2 conceptos que significan lo mismo.

Como si hubiera una correlación directa entre una eventual política monetaria bien aplicada, y el mal uso que se hace luego desde todos los sectores de la sociedad. Como si la debacle del 2001 se explicara solamente por «la inherente perversión del menemismo» y «la ineptitud de De la Rúa», sin que hubieran habido, además, factores tan relevantes como las mezquindades políticas, sindicales y corporativas que no tuvieron ningún escrúpulo en boicotear un gobierno constitucional y alentar la caída del mismo… … para volver a traernos una nueva generación del mismo establishment político con los privilegiados de siempre, con un populismo «por izquierda» aggiornado a la primera década del 2000 latinoamericano.

La muerte de Menem, desde el punto de vista de una justicia y una sociedad que no supo condenarlo a tiempo, sabe a fracaso. Y el manto de silencio de la reivindicación «per se» (asi como la condena irreflexiva y tribunera de quienes condenan en Menem lo que perdonan de otros dirigentes) trae el peligro de que nos olvidemos, como sociedad, lo que nos deja como legado la muerte del ex-Presidente:

– Que con el «1 a 1» no alcanza. Que «haberle ganado a la inflación» no es argumento suficiente para explicarle a los vecinos de Río Tercero que «Menem fue el mejor Presidente de la democracia«. Que para evaluar el éxito de una gestión, saliendo del egoísmo cortoplacista de la izquierda y de la derecha por igual, no se puede medir solo con la vara del bolsillo. Es mucho mejor para la honestidad intelectual de las ideas republicanas de libertad e institucionalidad, que se reconozca la importancia conjunta de la estabilidad cambiaria y su integración con un Estado de Derecho. Asi se establece la diferencia entre una República, y un mísero narco-estado donde abundan por igual tanto los dólares como las balas, y las generaciones enteras arruinadas por el acceso cada vez más fácil a drogas de toda índole.
– Que el precedente de un ex-presidente multi-procesado, condenado, protegido por sus fueros, por sus ahijados políticos, por la justicia a medida y por los más inmorales vericuetos legales destinados a posponer las condenas «ad eternum», lejos de perder vigencia, se constituye como una escuela para el ejercicio del poder a través de la corrupción y la impunidad. Que asi como perdonamos a un Menem, corremos el riesgo de seguir perdonando a cualquier mandatario o funcionario de los que sistemáticamente se valen del poder del Estado y los fondos públicos para el consolidar sus propios proyectos personales, asi como los de sus entornos y clanes que terminan conformando una especie de «nueva oligarquía» que viene a sintetizar los peores elementos del feudalismo, el sistema de castas, las monarquías, o cualquier sistema que consolide una nueva aristocracia con privilegios hereditarios, que a su vez viva del fruto del trabajo del resto del pueblo.

La vigencia de estos puntos, en un año 2021 lleno de intentos desesperados por hacer la mayor cantidad de intervenciones posibles en un sistema judicial incómodo al actual oficialismo, debería ser, como mínimo, un llamado urgente a la reflexión sobre qué es lo que estamos buscando lograr como país.

Y sobre cuál es el legado real de un Carlos Menem al cual propios y ajenos intentan blanquear o simplificar de la forma más expeditiva posible… porque indagar en profundidad pueda resultar (como mínimo) incómodo. Y porque de esa indagación puedan salir mal parados muchos actores actuales, protagonistas o cómplices de problemáticas tan vigentes como graves.

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