Viernes, 27 Marzo 2020 16:53

Coronavirus: La epidemia interior Destacado

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Coronavirus: La epidemia interior foto web

Son tiempos difíciles. El nuevo año nos deparó un comienzo insospechable. Nuestras vidas se vieron conmocionadas repentinamente. Las primeras noticias de lo desconocido venían de muy lejos. La impunidad con que cruzó un océano nos golpeó directamente al cuerpo. Virus. Epidemia. Pandemia. Horror.

Ingresó al país sin controles aparentes. ¿Vino para quedarse? Un virus que ataca nuestra salud, que altera nuestra vida, que arriesga nuestra existencia.Pero ni aun así, conociendo los riesgos y las consecuencias, nos hizo detenernos a pensar, a mirar a nuestro alrededor, a pararnos frente al espejo y vernos hacia adentro.

Tiene nombre y apellido. Se llama Coronavirus . El 19 solo para darle fecha de nacimiento, 1 de diciembre del año 2019. Se aloja en pulmones de personas vulnerables, con ciertas enfermedades pre-existentes. Pero a los que todavía no lo somos, ni enfermos ni vulnerables, nos ataca la soberbia, el ego, el raciocinio, la humanidad. Las consecuencias son fatales. Nos mata la solidaridad. Nos mata el respeto. Nos deja sin valores, sin la capacidad de querer al prójimo.

No tenemos el libre albedrío para ir a pasear, a cenar, a visitar a los amigos, a trabajar. No podemos quejarnos de cómo viajamos, que tardaron mucho en la peluquería, que el dentista nos canceló el turno estando ya en el consultorio. No podemos planear este fin de semana almorzar con los viejos, que por cierto le cancelamos el domingo anterior porque teníamos fiaca y era una tarde ideal para la siesta. No podemos buscar a nuestro hijo que vive con su mamá, aunque mañana sea el cumple. No podemos ir a la playa a pesar que está bárbaro el tiempo o la juntada con los chicos de la secundaria, que nos reencontramos 25 años después… Se cancela el cuatrimestral de matemática, necesitábamos el 8 para promediar. Valentín empezaba sala de 5, lo que costó el primer día por favor …Paula y Matías habían decidido a terminar el secundario y empezar a estudiar de noche después de trabajar por dos mangos con cinco el fin de semana completo en la feria.

Se detuvo el tiempo. Era vital y necesario resguardarnos un tiempo para no contagiarnos. Otros no lo entendieron así. Nada les impidió salir a pasear, a navegar, a tomar algo con los chicos en el departamento de Palermo , a visitar a la novia que desde hacía dos días que no se veían, el asado en el country para estrenar el quincho, a probar la tabla de surf total ¿quién podía detenerlos no?

Nada impidió que la vicepresidente feliz con el regreso de su hija recuperada, pudiera volver a su hogar, en el sur, de Cuba a Buenos Aires, de Buenos Aires al Calafate. Y de ahí a la impunidad. La misma impunidad con que el virus ingresó a nuestro hogar, a nuestro país a nuestro lugar en el mundo. La misma impunidad con que por televisión escuchamos de boca de un funcionario a cargo de la salud de todo un país: “Que el riesgo del virus era lejano en Argentina”, que la gente está “sobreasustada” hasta finalmente y obligado por la agobiante realidad en la que todos vivimos menos él, la frase “me sorprendió la llegada del virus tan rápido”.

Hay un puñado de argentinos, padres-hermanos-hijos-esposas-maridos-tíos-amigos-abuelos-jóvenes-viejos-hinchas de River o Boca o del mejor...que en otros tiempos vestían de blanco. Hoy casi ni distinguimos si son mujeres u hombres, color de pelo y ojos, manos chicas o grandes de esas que aprietan fuerte al saludar. No sabemos ni el nombre. No sabemos todo esto porque están cubiertos de pies a cabeza con trajes de bioseguridad, celestes, otros mas claros.

Seres humanos que un día eligieron ser profesionales de la medicina para tratar de salvar las batallas contra la muerte. Seres humanos expuestos a esta pandemia en cuerpo, corazón y alma. Son un equipo. Uno solo. Uno grande.

Los médicos, enfermeras, choferes de ambulancia, bomberos, policías, todos luchan contra lo mismo. Y lo hacen contra una enfermedad, contra un sistema. Tambien pelean interiormente. No comprenden como ellos armados hasta los dientes luchan contra un monstruo que no se deja ver totalmente, un monstruo conocido pero mas letal. Mientras entre muchos libramos esta guerra, otros viven como si nada.

Al final de estos tiempos, cuando todo esto haya pasado, esa es la esperanza , ¡cómo vamos a mirarnos parados desnudos de alma frente al espejo? ¿Habremos aprendido esta lección? ¿Habremos aprovechado la oportunidad? El día en que casi todo el planeta detuvo su reloj alocado, que los ríos se hicieron transparentes, que los animales recorrieron las playas de estacionamiento desiertas de un casino en Estados Unidos, el día que la Tierra respiró mejor sin la contaminación de autos, maquinarias, monumentales fábricas, el humo de nuestras miserias. Esa vez que solo los pájaros transitaban las rutas del cielo. El tiempo en que solo se advertía el silencio en casi todo el planeta.

Miles murieron solos. Millones tratan de seguir viviendo. Unos pocos ignoran una y otra cosa.

Cuando el reloj del mundo vuelva a andar, ¿quiénes vamos a estar allí con la plena convicción que esto puede suceder otra vez  y otra y una mas? ...¿Cuántas páginas de esta parte de la historia habremos aprendido?.

Somos nuestro propio virus, somos nuestra propia pandemia interior.

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